martes, 1 de febrero de 2022

Manga y mundo clásico: la decadencia de Troya

Fénix, como seguro que sabéis, es una de las grandes obras de Osamu Tezuka. En ella, revisita la historia de Japón y, además, se permite imaginar un futuro bastante lejano, todo con el hilo conductor del ave maravillosa que da título al manga. Pero en sus páginas nuestro autor no limitó su imaginación al país del sol naciente: también se trasladó a nuestra Antigüedad, a Egipto, Grecia y Roma. Os hablé de ello el año pasado en esta entrada, en la que recogí algunos de los elementos del manga para ver de qué manera los integraba Tezuka. Os adelanté en su momento que regresaría a Fénix y me dispongo a cumplir esa intención. 😊

Hoy quiero hablaros de algunos de los personajes y fijarme, de nuevo, en las modificaciones que lleva a cabo Tezuka para adaptarlos a su historia. Como son bastantes, únicamente voy a centrarme en los troyanos; reservo a los griegos y al fénix para futuros posts. Como siempre, antes de empezar, una advertencia: hay spoilers de la trama. Por otro lado, si acabáis de llegar al blog y no estáis muy familiarizados con la guerra de Troya, podéis leer primero esta entrada, en la que os hablo con más detalle de sus orígenes y de algún aspecto de su desarrollo. ¡Empezamos! 😊

Paris y Héctor, luchar o no luchar

En primer lugar, voy a detenerme en dos de los personajes más importantes del bando troyano: Paris y Héctor, hijos de Príamo, el rey de la ciudad. Ambos son muy diferentes y tienen una actitud distinta durante la contienda contra los griegos. Antes de ver qué hace Tezuka con ellos, vamos a centrarnos primero en cómo nos los muestran los textos clásicos y la mitología.

El caballo de Troya, de Juan de la Corte (siglo XVII)

Empecemos, precisamente, con Paris, el causante de la guerra. Fue él quien raptó a Helena y se la llevó consigo: al fin y al cabo, ella era la «recompensa» que le ofreció Afrodita si la escogía en el juicio de las tres diosas. Recordad que Paris desdeñó los regalos de Hera y Atenea —poder, sabiduría, victorias militares—: prefirió el amor de la mujer más hermosa de Grecia. Y con eso causó la desgracia de los suyos, que había sido ya profetizada desde el nacimiento del joven. Su madre tuvo un extraño sueño en el que daba a luz una antorcha. Príamo le encargó a uno de sus hijos, Ésaco, que lo interpretara, ya que poseía dicho don. ¿Su respuesta? Paris condenaría a Troya en el futuro, por lo que debían matarlo. Todo esto nos lo cuenta el propio muchacho en la carta que le dirige a Helena en las Heroidas, de Ovidio, con una salvedad: el pobre, en su ingenuidad, afirma que dicha antorcha es el amor que lo incendia por dentro. No puede imaginarse lo que provocará ese deseo.

 

Matris adhuc utero partu remorante [tenebar;

iam gravidus iusto pondere venter erat.

Illa sibi ingentem visa est sub imagine somni

flammiferam pleno reddere ventre facem.

Territa consurgit metuendaque noctis opacae

visa seni Priamo; vatibus ille refert.

Arsurum Paridis vates canit Ilion igni —

pectoris, ut nunc est, fax fuit illa mei!

 

(Ov. Ep. XVI, 43-50)

 

 

Todavía mi madre me llevaba en su útero, pues se retrasaba el parto; ya el vientre estaba cargado de su justo peso. A ella le pareció ver, bajo la apariencia de un sueño, que de su vientre lleno sacaba una enorme antorcha que ardía en llamas. Aterrada, se levanta y le cuenta las terribles visiones de la noche sombría al anciano Príamo; él se las refiere a los adivinos. Uno de ellos vaticina que Ilión arderá con el fuego de Paris. ¡Aquella era la antorcha que ahora se encuentra en mi pecho!

 

Como consecuencia, Ésaco aconsejó matar a Paris antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, ocurrió lo que sucede muchas veces en este tipo de mitos: en vez de quitarle la vida al bebé, se lo abandona, otros lo encuentran y lo crían… Así, la profecía termina por cumplirse. De hecho, según algunas versiones, a Paris lo recogieron unos pastores. Con el tiempo, terminó llegando a la ciudad de Troya, donde su hermana Casandra lo reconoció. Entonces, regresó al palacio real, a esa vida de la que, en principio, lo habían privado.

El rapto de Helena, de Jacopo Robusti Tintoretto (1578-1579)

Hay otro aspecto de Paris que me gustaría destacar: su inactividad durante la guerra y su cobardía en determinados momentos. Así nos lo muestra Homero en la Ilíada. Por ejemplo, al principio de la obra, se decide terminar el conflicto mediante un duelo particular entre Menelao y Paris. El joven no lo pasó nada bien; de hecho, el anterior marido de Helena lo derrotó. Habría sucumbido a su fuerza si Afrodita no se lo hubiera llevado de allí para salvarlo. La propia Helena se lo reprocha al final del duelo, cuando ambos se encuentran en su habitación:

 

«ἤλυθες κ πολέμου: ς φελες ατόθ [λέσθαι

νδρ δαμες κρατερ, ς μς πρότερος [πόσις εν.

μν δ πρίν γ εχε ρηϊφίλου Μενελάου

σ τε βί κα χερσ κα γχεϊ φέρτερος εναι:

λλ θι νν προκάλεσσαι ρηΐφιλον [Μενέλαον

ξατις μαχέσασθαι ναντίον: λλά σ γωγε

παύεσθαι κέλομαι, μηδ ξανθ Μενελά

ντίβιον πόλεμον πολεμίζειν δ μάχεσθαι

φραδέως, μή πως τάχ π ατο δουρ δαμής».

 

(Il. III, 428-436)

 

 

«Vienes de la lucha. ¡Ojalá hubieras muerto allí, sometido por el hombre fuerte que fue mi anterior esposo! Pues antes te ufanabas de ser mejor que Menelao, querido por Ares, por tu fuerza, tus manos y tu lanza. Pero ahora ve a desafiar a Menelao, querido por Ares, a luchar de nuevo contra ti. No, yo te animo a desistir, a no luchar con el rubio Menelao en un combate frente a frente, a no combatir de manera insensata, no sea que te someta enseguida bajo su lanza».

 

Paris no participó en la lucha durante un tiempo, lo que no gustó nada a su hermano Héctor. Él mismo le reprocha su inactividad y lo conmina a que acuda al combate junto con el resto de los troyanos, ya que ha sido el causante de la guerra:

 

«δαιμόνι ο μν καλ χόλον τόνδ νθεο [θυμ,

λαο μν φθινύθουσι περ πτόλιν απύ τε [τεχος

μαρνάμενοι: σέο δ ενεκ ϋτή τε πτόλεμός [τε

στυ τόδ μφιδέδηε: σ δ ν μαχέσαιο κα [λλ,

ν τινά που μεθιέντα δοις στυγερο [πολέμοιο.

λλ να μ τάχα στυ πυρς δηΐοιο [θέρηται».

 

(Il. VI, 326-331)

 

 

«¡Desgraciado! No es bueno que tengas en tu ánimo este resentimiento. Las tropas mueren luchando alrededor de la ciudadela y la escarpada muralla. Por tu culpa los gritos y el combate arden en torno a la ciudad. Tú tendrías una disputa con cualquier otro al que vieras abandonar en algún lado el horrible combate. ¡Arriba! No sea que enseguida arda la ciudad con un fuego abrasador».

Cuando por fin se decide a participar en la guerra, sí es cierto que Paris lleva a cabo grandes hazañas. Homero relata algunas. Pero, sin duda, la más destacada es la muerte de Aquiles: fue Paris el que, con su arco, logró acertarle en el talón, su único punto débil. Apolo lo ayudó en su empresa: algunas versiones afirman que dirigió la flecha; otras, que el dios se disfrazó del joven para acabar con el célebre héroe griego.

Héctor reprendiendo a Paris severamente por su cobardía, de
Rafael Tegeo Díaz (1833-1856)

Héctor contrasta en varias cosas con su hermano. Para empezar, a lo largo de la Ilíada se erige como el líder de las tropas troyanas y las guía en combate. Participa en numerosas batallas para proteger a los suyos, quienes lo consideran un hombre valiente, fuerte, un héroe, en definitiva. Son muchas las hazañas que consigue en el poema épico y pone a los griegos contra las cuerdas en bastantes ocasiones, sobre todo cuando consigue llevar a los troyanos hasta las naves de los enemigos y ataca allí. Algunos de los héroes griegos más importantes caen heridos en ese momento, y algunos no lo habrían contado si los dioses no hubiesen estado de su parte —recordemos que en la obra homérica el papel de la divinidad es esencial para el desarrollo del conflicto—.

El dolor y los lamentos de Andrómaca
sobre el cuerpo de Héctor
, de 
Jacques-Louis David (1783)

Como vemos, Héctor aparece como un personaje honorable, valiente, fuerte. Es uno de los mejores guerreros de Troya —su padre, Príamo, así lo afirma cuando lamenta su muerte— y apenas se permite flaquear: hay mucho en juego. Vemos esa firmeza incluso en su enfrentamiento con Aquiles, el momento en el que Héctor se muestra más desesperado, atenazado por el miedo a la muerte. El héroe griego había regresado a la lucha para vengar a Patroclo, su querido compañero de armas, que había sucumbido a manos de Héctor. Todos saben lo buen guerrero que es y el peligro que supone. Sin embargo, pese a las súplicas de sus padres para que se refugie en Troya, Héctor se mantiene en el campo de batalla. Es cierto que siente miedo y trata de huir de él dando vueltas alrededor de la ciudad, pero finalmente, por diferentes razones y medio engañado, le planta cara. Mira a su asesino a los ojos y acepta el destino que los dioses le han reservado.

En Fénix, Tezuka mantiene algunos de los rasgos de los dos guerreros, pero a veces los modifica. Otras, sin embargo, cambia por completo su comportamiento y sus actos para transmitir mejor su mensaje antibelicista. De hecho, en determinados momentos de la historia, Héctor y Paris se fusionan o se intercambian los papeles que tenían en los textos antiguos y en la mitología.

Empecemos, de nuevo, con Paris. En Fénix, no es él quien rapta a Helena. Tampoco tiene intención de convertirla en su esposa. El muchacho, de apariencia más infantil en el manga de Tezuka, al principio se mantiene al margen de la disputa entre troyanos y griegos —más bien, espartanos, ya que el autor los reduce a todos a un mismo origen, probablemente debido a la extensión del manga—. Solo le salpica cuando su hermano Héctor trae a Helena a Troya y las discusiones se transforman en una guerra inminente.

© Osamu Tezuka, 1954, 2016

Lo que Paris siente por la extranjera espartana  no es ese deseo, esa «antorcha» que recogía Ovidio en las Heroidas: quiere ser su amigo. Este cambio puede deberse, por un lado, a que Tezuka prefiere resaltar la relación entre Club y Daiya, los verdaderos protagonistas de Fénix —de los que ya os hablé aquí—. Pero quizás también deseara convertir a Paris en un símbolo de la paz. Al fin y al cabo, lo que de verdad ansía es vivir tranquilamente con su familia y poder relacionarse con sus enemigos sin considerarlos como tales.

Un rasgo que este Paris conserva es el de la inactividad, al menos al principio de la historia. Como acabo de señalar, él no participa en las disputas con Esparta hasta la llegada de Helena y, de hecho, intenta convencer a su padre y a su hermano de la inutilidad de una guerra. ¿Qué beneficio puede traer consigo algo que solo causa muerte y ruina? Sin embargo, su padre lo tilda de cobarde: en la Ilíada, Helena y Héctor le reprochaban no participar en una lucha que él mismo había ocasionado; aquí también es su familia quien lo tacha de gallina, pero en un contexto muy diferente. En realidad, Paris no es cobarde. Tampoco es el joven que se mantiene al margen del combate mientras disfruta del amor de Helena y de los lujos. Es, simplemente, un niño que se da cuenta de lo absurda que es la guerra y solo participa cuando le afecta de manera más personal.

© Osamu Tezuka, 1954, 2016

En principio, él sale en busca del fénix para darles su sangre a su padre y su hermano —de esa forma, conseguirán la inmortalidad—, pero cuando Aquiles mata a Héctor su corazón inocente queda ennegrecido por la sed de venganza. Al final, se da cuenta de que dicha venganza es tan absurda como el resto de la guerra, ya que no va a devolverle a su hermano: por eso rompe su arco tras acabar con Aquiles. Ese acto que tan valeroso era para los antiguos ahora está vacío de significado y refuerza el mensaje de Tezuka.

¿Qué hay de Héctor? Para empezar, el dios del manga lo convierte en el raptor de Helena. Al igual que en la Antigüedad, el conflicto entre griegos y troyanos se origina en un juicio de belleza —el de las tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita, en la mitología clásica; la comparación entre Daiya y Helena en el manga de Tezuka—, pero se resuelve de manera muy diferente. Héctor se lleva a Helena no porque la ame, sino por venganza: los espartanos, la reina más concretamente, han encerrado a Daiya por superar a la princesa Helena en hermosura. No hay pasiones ni llamas del amor: se trata de un conflicto entre pueblos que, como el resto de la guerra, es absurdo y podría resolverse con la palabra. El problema es la ambición y la corrupción de los poderosos, entre otras cosas.

© Osamu Tezuka, 1954, 2016

Hay otro rasgo de Héctor que cambia. En la Ilíada, se muestra amable con Helena, y ella misma lo dice cuando lamenta su muerte. Sin embargo, en Fénix la ve como una enemiga más y le reprocha a Paris su actitud hacia ella. En este caso, se une al resto de troyanos: la muchacha se convierte simplemente en una moneda de cambio para recuperar a Daiya.

Eso sí, su iniciativa y el valor en la lucha se mantienen. Al igual que en el poema homérico, lo vemos al frente de sus tropas y sobresale en el combate. También encuentra la muerte, solo que de una manera distinta: su duelo final es con Club, cuya habilidad guerrera alaba, y Aquiles aprovecha que está distraído para arrebatarle la vida. No hay una lucha entre dos guerreros, frente a frente, no únicamente al menos. Héctor sucumbe como fruto de una oportunidad tramposa y, aunque para su padre haya muerto de manera honorable por haber caído en el campo de batalla, en realidad el lector no puede evitar ver su pérdida como un absurdo más.

En definitiva, Tezuka modifica los personajes de Héctor y Paris para resaltar determinados elementos de su historia y, además, para reforzar la idea de que las guerras no tienen ningún sentido, de que solo traen consigo lamentos y nunca ese honor que ostentaban con orgullo los guerreros de los poemas épicos grecolatinos.

La ambición de los poderosos

En esta línea, nuestro autor también cambia a Príamo, el venerable rey de Troya, ya anciano cuando la guerra llamó a las puertas de su ciudad. De hecho, es Héctor quien toma la mayoría de las decisiones sobre la manera de actuar y las estrategias que van a seguir. En la Ilíada, lo vemos como un hombre mayor, apenas activo en el conflicto por su edad, respetable y benévolo. De hecho, junto con Héctor, es de los pocos troyanos que le muestra amabilidad a Helena, como vemos en el siguiente fragmento, en el que le habla justo antes del duelo entre Paris y Menelao:

 

ς ρ φαν, Πρίαμος δ λένην [καλέσσατο φων:

«δερο πάροιθ λθοσα φίλον τέκος ζευ [μεο,

φρα δ πρότερόν τε πόσιν πηούς τε φίλους [τε:

ο τί μοι ατίη σσί, θεοί νύ μοι ατιοί εσιν

ο μοι φώρμησαν πόλεμον πολύδακρυν [χαιν […]».

(Il. III, 161-165).

 

 

Así hablaban, y Príamo llamó a Helena en voz alta: «Acércate, querida hija mía, y siéntate ante mí para ver a tu anterior esposo, a tus parientes y a sus amigos. Para mí tú no eres culpable de nada: los responsables son los dioses, que impulsaron esta guerra llena de lágrimas contra los aqueos […]».

Príamo le pide a Aquiles el cuerpo de Héctor, de
Alexander Ivanov (1824)

También Homero nos deja ver su sufrimiento, tan intenso. Y es que Príamo perdió a varios de sus hijos en la guerra, entre ellos a Héctor, cuya muerte lamenta de una manera muy sentida. Era el más valiente de entre sus hijos, el mejor defensor con el que Troya podía contar. Su amor y su tristeza lo llevan a acudir al campamento de los griegos, oculto por las sombras de la noche y guiado por Hermes, para suplicarle a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo y, de esa forma, poder enterrarlo como es debido. La escena en que le abraza las rodillas es especialmente emocionante:

 

τος δ λαθ εσελθν Πρίαμος μέγας, γχι [δ ρα στς

χερσν χιλλος λάβε γούνατα κα κύσε [χερας

δεινς νδροφόνους, α ο πολέας κτάνον υας.

ς δ τ ν νδρ τη πυκιν λάβ, ς τ [ν πάτρ

φτα κατακτείνας λλων ξίκετο δμον

νδρς ς φνειο, θάμβος δ χει [εσορόωντας,

ς χιλες θάμβησεν δν Πρίαμον [θεοειδέα:

θάμβησαν δ κα λλοι, ς λλήλους δ [δοντο.

 

(Il. XXIV, 477-484).

 

 

A estos les pasó desapercibido cuando entró el gran Príamo. Tras pararse a su lado, con las manos agarró las rodillas de Aquiles y le besó las terribles manos homicidas, que le habían matado a muchos de sus hijos. Como cuando a un hombre lo toma una espesa ceguera y, tras matar en su patria a un hombre, llega al pueblo de otros, a la casa de un hombre rico, y el estupor se apodera de quienes lo ven, así Aquiles se quedó estupefacto al ver a Príamo, semejante a los dioses. Se quedaron estupefactos también los demás, y se miraron los unos a los otros.

En Fénix, no vemos a este rey de Troya. El personaje de Tezuka es anciano, sí, pero no tiene nada de venerable. Se ríe de Helena cuando Héctor la lleva a la corte e incita a sus súbditos a despreciarla como enemiga que es. Ansía hacerse con el fénix para beber su sangre inmortal, que, por supuesto, le está destinada únicamente a él, a sus hijos y a los mayores héroes de la ciudad, nunca a sus súbditos, que también sufren con las batallas y tendrían el mismo derecho a la vida eterna. Rehúye el combate cuando puede y apenas llora la muerte de su hijo mayor: considera que ha sido honorable, le vemos un gesto triste, pero todo se le pasa cuando ve el caballo de Troya. Apenas hay duelo y enseguida da lugar a la fiesta, al jolgorio.

© Osamu Tezuka, 1954, 2016

Así, Tezuka nos muestra a un gobernante ciego por su poder, ambicioso, a quien el pueblo le importa más bien nada. No escucha a Paris cuando, muy razonablemente, le dice que no quiere una guerra por el peligro que supone para sus seres queridos. Se reserva el fénix para sí. Se muestra irrespetuoso e hiriente. En este sentido, el autor dibuja de manera muy parecida a los líderes de griegos y troyanos para ofrecernos una imagen desoladora del poder y quienes lo ostentan: se mueven por sus intereses, sin pensar en las consecuencias de sus actos. El capítulo de Grecia de Fénix habría tenido un desenlace muy distinto si ambos hubieran intentado entenderse.

Un mal augurio

Termino la entrada con un último personaje: Laocoonte. En la mitología y los textos clásicos, se trata del sacerdote troyano de Apolo, aunque posteriormente fue elegido para servir a Poseidón porque su predecesor había sido asesinado al no conseguir el favor del dios del mar. Por eso, de pronto, Laocoonte se vio ofreciendo sacrificios a otra divinidad.

Laocoonte, del Greco (ca. 1610-1614)

Cuando los griegos fingieron abandonar las tierras de los troyanos y dejaron tras de sí el famoso caballo de madera, Laocoonte fue uno de los pocos que advirtió sobre los peligros que podía albergar en su interior. Así nos lo cuenta Virgilio en la Eneida:

 

Primus ibi ante omnis, magna comitante [caterva,

Laocoön ardens summa decurrit ab arce,

et procul: «O miseri, quae tanta insania, [cives?

Creditis avectos hostis? Aut ulla putatis

dona carere dolis Danaum? Sic notus [Ulixes?

aut hoc inclusi ligno occultantur Achivi,

aut haec in nostros fabricata est machina [muros

inspectura domos venturaque desuper urbi,

aut aliquis latet error; equo ne credite, [Teucri.

Quicquid id est, timeo Danaos et dona [ferentis«.

Sic fatus, validis ingentem viribus hastam

in latus inque feri curvam compagibus [alvum

contorsit: stetit illa tremens, uteroque [recusso

insonuere cavae gemitumque dedere [cavernae.

 

(Verg., Aen. II, 40-53).

 

 

Allí, el primero delante de todos, acompañado de una gran muchedumbre, Laocoonte, enfurecido, baja corriendo desde lo alto de la ciudadela y de lejos grita: «¡Desgraciados ciudadanos! ¿Qué locura tan grande es esta? ¿Creéis que los enemigos se han retirado? ¿O pensáis que alguno de los regalos de los dánaos carece de engaño? ¿Así es conocido Ulises? O en este leño, encerrados, se ocultan los aqueos, o este es un artefacto construido contra nuestras murallas para observar las casas y atacar desde lo alto de la ciudad, o algún engaño se esconde en él. No confiéis en el caballo, teucros. Sea lo que sea, temo a los dánaos incluso cuando hacen regalos». Así dijo, y arrojó con impetuosa fuerza una inmensa lanza contra el costado del caballo y su vientre curvado por las ensambladuras. Allí se mantuvo temblando y, sacudido el vientre, resonaron y gimieron sus cavidades huecas.

Pero nadie le hizo caso, y menos aún cuando, justo en el momento en el que el sacerdote se disponía a ofrecerle un sacrificio a Poseidón, salieron del mar dos serpientes gigantescas que mataron a sus hijos y al propio Laocoonte. Todos lo interpretaron como una muestra de la ira divina porque el hombre había mancillado el regalo de los griegos. Lo que ninguno sabía es que se trataba de algo muy distinto. Según algunas versiones, el dios Apolo castigó al sacerdote porque se había unido con su mujer ante una estatua consagrada. De acuerdo con otras, las enviaron otros dioses.

© Osamu Tezuka, 1954, 2016

Así, aquí vemos a un sacerdote que profetiza males y a quien nadie le hace caso. En el manga de Tezuka, no obstante, el papel de Laocoonte es totalmente contrario: cuando ve al fénix, ofrece un vaticinio falso en el que todo el mundo deposita sus esperanzas. Según él, la presencia de la criatura impedirá que la ciudad sea arrasada, pero luego sucede todo lo contrario. Laocoonte es una herramienta más de ese poder corrupto: aviva las falsas esperanzas del pueblo y favorece esa guerra tan destructora, causada por los intereses de los gobernantes.

 

Con esto, termino la entrada de hoy. 😊 ¡Espero que os haya gustado! Aún me quedan cosas que decir de Fénix, así que en el futuro seguiré escribiendo sobre esta obra de Tezuka. Dicho esto, os espero dentro de unos días con una nueva entrada. ¡Hasta entonces!

 

Bibliografía

Como siempre, os dejo una lista de referencias que me han servido para escribir la entrada. 😊

Grimal, Pierre (1981). Diccionario de mitología griega y romana (trad. de Francisco Payarols), Barcelona: Paidós.

Peer, Ayelet & Greenberg, Raz (2020). “The Japanese Trojan war: Tezuka Osamu’s envisioning of the Trojan cycle”, Greece and Rome, 67(2), pp. 151-176.


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