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martes, 18 de enero de 2022

Manganime y mundo clásico: el latín en el manganime I

Ya era hora de inaugurar el año en el blog, ¿verdad? 😊 2022 ha empezado de una manera bastante ajetreada para mí, con encargos y fechas de entrega que tenía que cumplir. ¡Pero más vale tarde que nunca! Y aquí estoy, publicando una entrada que, además, me apetecía mucho escribir.

Y es que el post de hoy es un tanto especial. Hasta ahora, os he hablado de mitología, de historia, de costumbres de la Antigüedad que han tenido influencia, de una u otra forma, en el manga y el anime. Pero no me había detenido tanto en las lenguas antiguas, con alguna excepción puntual. En eso quiero centrarme hoy: en el rastro que deja una de ellas en concreto, el latín, en los cómics y la animación japonesa. Hay bastantes ejemplos, ¡así que en el futuro escribiré más sobre este tema! 😊

De momento, me quedo con tres títulos concretos: Saihate no paladin, Los apuntes de Vanitas y Viaje a Agartha. Como siempre, una advertencia: puede que haya spoilers. Si tenéis intención de leer o ver alguno de ellos, podéis volver al blog más tarde. 🤗 Dicho esto, ¡vamos allá!

El poder de la magia: Saihate no paladin

Comienzo con un anime de la pasada temporada de otoño: Saihate no paladin, basado en las novelas ligeras del mismo nombre, que podemos ver en Crunchyroll. Como os comenté en la entrada sobre las series que había visto en 2021, fue toda una sorpresa para mí porque tenía un planteamiento, en cierto modo, diferente al de otros isekais. Al menos por determinados personajes. Y es que rara vez un protagonista es educado por muertos vivientes: fue este hecho, precisamente, el que me llamó la atención. Gus, Mary y Blood le enseñan a Will, todo lo que saben y, gracias a ellos, el muchacho puede embarcarse en una aventura que lo llevará a descubrir mundo, a conocer nuevos compañeros y a luchar contra el mal.

Pero Saihate no paladin no solo me llamó la atención por sus personajes. Ya desde el primer capítulo, hubo otra cosa que conectó conmigo: la magia. Al menos, parte de ella. Gus, el mago fantasma, es el que instruye a Will en estas artes y, para mi asombro, las palabras que salían de sus labios… eran latín. No es este un recurso extraño en la fantasía. Al fin y al cabo, en algunas obras de corte más clásico el lenguaje de la magia se considera la herencia de una antigüedad lejana y, en cierto modo, ajena al presente de los personajes, por lo que se emplean palabras en lenguas olvidadas para los conjuros. O, simplemente, se opta por el latín y el griego —o algo que se les parezca— para acentuar ese carácter misterioso y ancestral de los hechizos. Pese a ello, no esperaba encontrarme palabras latinas en Saihate no paladin.

© Children's Playground Entertainment 2021

Cuando Will y Gus comienzan sus lecciones, este le explica las bases del tipo de magia que van a practicar: la palabra de creación. Según le cuenta, su fundamento son las palabras que el dios creador del mundo empleó para cumplir con su cometido; de esa forma, cuando se pronuncian, hacen aparecer determinados elementos o provocan efectos específicos. Gus sostiene que el lenguaje es poderoso, por lo que hay que ser especialmente cuidadoso en lo que a la magia se refiere y pronunciar las palabras con precisión. Will debe ajustarlas poco a poco para conseguir el efecto deseado.

Son muchos los conjuros en latín que aparecen a lo largo del anime: acceleratio para ganar velocidad, erasus —el participio de perfecto de erado, «raspar, borrar»— para eliminar los efectos o los objetos producidos por un hechizo, ignis para invocar el fuego, cadere araneum —con las palabras latinas que corresponden a «caer» y «araña»— para crear telarañas, vastare —«devastar, asolar»— para destruir… Como podéis ver, son bastante literales, ya que cada palabra provoca un cambio en la realidad directamente relacionado con el significado del término en latín. Muchos, además, son bastante reconocibles porque han dejado derivados en nuestra lengua.

© Children's Playground Entertainment 2021

Pero si hubo un hechizo que me llamó la atención —y me sacó una sonrisa, para qué negarlo— fue uno muy poderoso que emplea Gus en el capítulo 4, en su combate contra Stagnate, el dios de los no muertos. ¡Porque pronunciaba, como quien no quiere la cosa, un verso completo de Horacio, uno de los poetas romanos más importantes! Concretamente, de su Oda I, 4, que os dejo completa a continuación por si sentís interés. La frase que dice Gus está en negrita:

 

Solvitur acris hiems grata vice veris et [Favoni

trahuntque siccas machinae carinas

ac neque iam stabulis gaudet pecus aut [arator igni

nec prata canis albicant pruinis.

Iam Cytherea choros ducit Venus [imminente luna

iunctaeque Nymphis Gratiae decentes

alterno terram quatiunt pede, dum gravis [Cyclopum

Volcanus ardens visit officinas.

Nunc decet aut viridi nitidum caput [impedire myrto

aut flore, terrae quem ferunt solutae,

nunc et in umbrosis Fauno decet immolare [lucis,

seu poscat agna sive malit haedo.

Pallida Mors aequo pulsat pede [pauperum tabernas

regumque turris. O beate Sesti,

vitae summa brevis spem nos vetat inchoare [longam;

iam te premet nox fabulaeque Manes

et domus exilis Plutonia; quo simul mearis,

nec regna vini sortiere talis

nec tenerum Lycidan mirabere, quo calet [iuventus

nunc omnis et mox virgines tepebunt.

 

(Hor. C. I, 4)

 

 

Se disuelve el punzante invierno con la grata vuelta de la primavera y del favonio, arrastran las quillas secas los cabestrantes y ya no se complace el ganado en los establos o el labrador junto al fuego, ni los prados se vuelven blancos con las blancas escarchas. Ya Venus Citerea conduce sus grupos de danza bajo la luz de la luna y las hermosas gracias, unidas a las ninfas, golpean la tierra con pie alterno mientras el ardiente Vulcano visita las atareadas fraguas de los cíclopes. Ahora es el momento de ceñir con verde mirto la perfumada cabeza, o con la flor que producen las tierras esponjosas; ahora también es el momento de hacer sacrificios en honor de Fauno en los umbrosos bosques, ya si los pide con una cordera o si los prefiere con un cabrito. La pálida muerte golpea con igual pie las chozas de los pobres y las torres de los reyes. ¡Oh, dichoso Sestio! La brevedad de la vida nos prohíbe concebir largas esperanzas; ya se te echarán encima la noche y los manes de la fábula y la exigua casa de Plutón; en cuanto vayas allí, no echarás a suertes los reinos del vino ni admirarás al tierno Lícidas, por el que ahora toda la juventud arde y después hará que las muchachas se entibien.

 

 

Will se asombra, pues se trata de un hechizo que, habitualmente, tendría que ejecutarse entre cuatro personas. Sin embargo, Gus es un gran mago y puede manejarlo. ¿Su efecto? Las palabras finales que el viejo fantasma añade lo dejan muy claro: damnatio memoriae. Ese castigo de la Antigüedad que consistía en borrar la memoria de alguien y condenarlo al olvido. Os hablé hace unos meses de ella en relación con el manga Im. El sumo sacerdote Imhotep.

Combinar el verso de Horacio —que nos habla de una muerte implacable de la que nadie puede escapar— con la locución latina damnatio memoriae le da una fuerza increíble al poder destructivo del conjuro. Y es que cuando uno se enfrenta a un dios debe recurrir a este tipo de magia, ¿no?

Creo que el uso del latín en Saihate no paladin obedece a lo que comentaba antes: el deseo de establecer una relación entre la magia y lo antiguo y lo ancestral. Ese lenguaje solo se emplea en los hechizos. Además, si le sumamos el hecho de que los japoneses no tienen un vínculo tan estrecho con la lengua de los romanos como nosotros, me parece que la magia se vuelve más «exótica» en cierto modo, más especial, y se reserva únicamente a quienes conocen sus misteriosas palabras.

Vampiros en el París del siglo xix: Los apuntes de Vanitas

De una obra de fantasía paso a otra, pero a una muy diferente. Ni el entorno en el que transcurre ni los personajes tienen que ver con los de Saihate no paladin. Ahora, nos trasladamos al París de un siglo xix imaginado en el que los vampiros existen: voy a centrarme en Los apuntes de Vanitas, de Jun Mochizuki, que podemos disfrutar en español gracias a Norma Editorial. En él, seguimos a Vanitas y a Noé, quienes intentan librar a los vampiros de una extraña maldición que se está extendiendo entre ellos. Es un manga que me gusta bastante por sus personajes y por el concepto tan interesante que plantea Mochizuki con respecto a esas criaturas que se alimentan de sangre y que han protagonizado tantas leyendas, libros y películas.

© Jun Mochizuki 2016


En Los apuntes de Vanitas  también hay términos en latín, empezando por el nombre de varios personajes. Hasta donde yo he leído —el tomo 6—, he encontrado algunos que, además, tienen bastante que ver con quien los lleva. El propio protagonista, por ejemplo. En latín, vanitas —que ha dado lugar a nuestro término vanidad—significa varias cosas: «vana apariencia, mentira, vaciedad», entre otras cosas. En una obra como esta, en la que una maldición modifica y corrompe el nombre de los vampiros, me parece significativo que justo el personaje que restaura su nombre verdadero se llame precisamente así. Por otro lado, no puedo evitar acordarme de esos bodegones y naturalezas muertas del Barroco que llevaban el nombre de vanitas y que representaban la fragilidad de la existencia humana y la certeza de que todos vamos a morir. Los vampiros nunca saben en qué momento su vida casi eterna va a verse afectada por la maldición y van a morir a manos de alguno de los bourreau encargados de eliminar a sus congéneres cuando se convierten en un peligro. Por último, Vanitas no es el nombre real del protagonista: lo toma del vampiro de la Luna Azul, de quien también hereda el Libro de Vanitas, que utiliza para «curar» la maldición. Con respecto a ellos, nada es lo que parece y están envueltos en un halo de misterio. No sé la razón por la que Mochizuki decidió llamar así a su protagonista —y estoy segura de que aún falta mucho por desvelar sobre él—, pero me parece, cuanto menos, una opción sugerente. Seguro que, según avance en la historia, descubriré más al respecto.

© Jun Mochizuki 2016

Dejando a un lado a Vanitas, hay otros nombres en el manga que proceden del latín. Por ejemplo, una de las sirvientes del conde Parks Orlox se llama Nox, «noche», muy apropiado para una vampira. También tenemos a Lord Machina, un vampiro con la apariencia de un autómata. Destaca, además, uno de los nombres verdaderos que restaura Vanitas, el de Thomas Berneux: Bucolicus, «el que inventa églogas», tal y como se ha traducido al español. Un nombre verdadero siempre le devuelve la cordura y la calma al vampiro afectado, y este es un buen ejemplo de ello. Bucolicus procede del griego βουκολικός y este término, a su vez, de βουκόλος, «boyero». Además de dar título a las Bucólicas, una de las obras más importantes de Virgilio, el adjetivo hace referencia a la literatura pastoril que tanta tradición tiene en Occidente, caracterizada por los entornos naturales idílicos en los que los pastores lamentaban sus amores mientras apacentaban sus rebaños. Una de las principales composiciones poéticas de este tipo de literatura es, precisamente, la égloga. Os he dado una visión muy general del género, que es bastante más complejo, pero seguro que recordáis cosas sobre él u os hacéis una idea. Esa evocación idealizada del mundo rural es la que permanece también en nuestro término bucólico. ¡No podría haber mejor nombre verdadero para mostrar los efectos que tiene el Libro de Vanitas sobre las víctimas de la maldición!

Otro personaje que lleva un nombre latino es Naenia, esa misteriosa figura negra que aparece en el desfile de Charlatan, lo que todos los vampiros ven antes de que su nombre se corrompa. Nenia pertenece al grupo de los dioses indigetes, divinidades menores que patrocinaban determinados aspectos de la vida humana desde el nacimiento de una persona hasta su muerte. Nenia, en concreto, es la diosa del lamento fúnebre, y así se denominaban también los cantos y lamentos que se componían en estas circunstancias. Un nombre lúgubre para un personaje funesto que condena a muchos vampiros al sufrimiento y, en ocasiones, a la muerte.

© Jun Mochizuki 2016

Termino con dos últimos nombres. El primero es el del castillo de lord Ruthven, un personaje muy sorprendente: Carbunculus, que puede aludir a un trocito de carbón o al rubí. En cualquier caso, ese color rojo está muy vinculado a los vampiros. El segundo es el del arma que utiliza Jeanne, la bourreau de Ruthven, un brazo carmesí llamado carpe diem. Este «aprovecha el momento» que se convirtió en tópico literario y que hoy en día utilizamos mucho para recordarnos que debemos vivir el presente procede de la Oda I, 11 de Horacio, en la que invita precisamente a ese disfrute:

 

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, [quem tibi

finem di dederint, Leuconoe, nec [Babylonios

temptaris numeros. Ut melius, quidquid erit, [pati.

Seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter [ultimam,

quae nunc oppositis debilitat pumicibus [mare

Tyrrhenum: sapias, vina liques et spatio [brevi

spem longam reseces. Dum loquimur, [fugerit invida

aetas: carpe diem quam minimum credula [postero.

 

(Hor. C. I, 11)

 

 

Tú no preguntes —pues es un sacrilegio saberlo— qué final a ti, qué final a mí nos han concedido los dioses, Leucónoe, ni consultes los oráculos babilonios. Cuánto mejor soportar cualquier cosa que venga si Júpiter te ha otorgado algunos inviernos más o el último, que ahora debilita al mar Tirreno batiéndolo contra los escollos que se le enfrentan: sé lista, cuela tus vinos y acorta una larga esperanza a un breve espacio. Mientras hablamos, se nos habrá escapado el envidioso tiempo: aprovecha el día, confiando lo mínimo en el que vendrá después.

 

Recuerdo que mi profesora nos decía que la imagen que utilizaba aquí Horacio era la de una persona que «agarraba» el día como si se tratara de una fruta a la que quisiese darle un mordisco. En cualquier caso, es como si la propia arma de Jeanne incitara a los vampiros a aprovechar el momento… hasta que ella los atrape.

A diferencia de Saihate no paladin, los personajes de Los apuntes de Vanitas pueden tener conocimientos de latín, de ahí que les resulte más común utilizar términos de esta lengua para nombrar ciertas realidades —también hay que tener en cuenta, por supuesto, las razones personales de la autora y lo que quiere expresar—.

Descenso al inframundo: Viaje a Agartha

Termino con una película de anime de la que os hablé hace poco: Viaje a Agartha, distribuida por Selecta Visión. En ella, el mito de Orfeo y Eurídice se entremezcla con el del viaje de Izanagi al mundo de los muertos para recuperar a su esposa y nos ofrece una reinterpretación muy emocionante de ambas historias. Además, Makoto Shinkai aprovecha elementos de otras culturas para crear un mundo más complejo, lleno de matices, ideal para lo que quiere contarnos. Si queréis saber más, podéis leer la entrada que le dediqué aquí.

La tragedia de Orfeo no es el único elemento de la cultura grecolatina que aparece en la película. Son también varias las palabras latinas que Shinkai emplea para nombrar realidades de esa tierra subterránea que hay más allá de lo que conocemos. Y se trata, por cierto, de piezas fundamentales para el desarrollo de la historia, ya sea porque son objetos que hacen avanzar la trama, ya sea porque son lugares que los protagonistas deben alcanzar.

El primero de dichos elementos es lo que en la película llaman clavis, término latino que significa «llave, cerrojo» y que ha dado lugar, precisamente, a nuestra palabra llave. En Viaje a Agartha, se trata de una piedra o cristal azulado que abre la puerta a ese mundo subterráneo donde los protagonistas esperan encontrar a sus seres queridos. Asimismo, es lo que permite acceder a Finis Terra, el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Resulta tan fundamental para Agartha y sus habitantes que la misión de Shin es detener a Asuna y Morisaki para robarles la clavis. Si lo consigue, logrará, a su vez, evitar que el orden natural de Agartha se subvierta.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY – EDV982

Pero hay otros términos en latín. Por ejemplo, esa vita aqua que Asuna y Morisaki deben atravesar para llegar a Agartha. El término, como podréis imaginar, procede de las palabras latinas correspondientes a vida y agua, respectivamente. El nombre no podría ser más adecuado, ya que ese denso y antiguo líquido deja respirar a quien se sumerge en él: no ahoga, sino que te permite sobrevivir hasta que lo atraviesas. No quiero olvidarme, por último, de Finis Terra, ese lugar en los confines del mundo subterráneo que conduce al más allá y que también viene del latín.

Creo que, al igual que sucede en otros casos, el empleo del latín obedece a un deseo de conferirle cierto exotismo al mundo de fantasía en el que transcurre parte de la historia. Al fin y al cabo, se trata de un sitio extraño, ajeno a nosotros. ¿Y qué mejor manera de marcar esa diferencia y definir los límites entre la realidad y la imaginación que utilizar una lengua bastante alejada de la cultura japonesa?

 

Con esto termino la entrada de hoy. 😊 ¡Espero que os haya gustado! Por mi parte, os espero dentro de unos días con una nueva reseña. ¡Hasta entonces! 🤗

 

Bibliografía

Como siempre, os dejo aquí una lista de las referencias que he utilizado por si tenéis interés. 😊

Grimal, Pierre (1981). Diccionario de mitología griega y romana (trad. de Francisco Payarols), Barcelona: Paidós.

Segura Munguía, Santiago (20135). Nuevo diccionario etimológico latín-español y de las voces derivadas, Bilbao: Universidad de Deusto.


jueves, 18 de noviembre de 2021

Anime y mundo clásico: hacia las entrañas de la Tierra

Makoto Shinkai es uno de los nombres más célebres en el campo de la animación japonesa, y no es para menos. Su sensibilidad y buen hacer a la hora de trasladar sus historias a la pantalla lo han convertido en un director muy querido por espectadores de todo el mundo. De hecho, Your name, como muchos sabréis, se ha convertido en una de las películas de anime más taquilleras de la historia —a mí me gustó tanto que fui a verla al cine más de una vez—. Pero, por supuesto, Makoto Shinaki tiene más títulos que merecen la pena: 5 cm por segundo, El jardín de las palabras, El tiempo contigo… Y Viaje a Agartha, de la que os voy a hablar hoy. 😊 En ella, Makoto Shinkai nos hace viajar a un lugar en el interior de la tierra —que ciertas teorías esotéricas ubican bajo el desierto de Gobi— para contarnos una historia sobre la búsqueda, la muerte y el duelo. Si no la habéis visto, os recomiendo que lo hagáis: es muy emotiva y, además, visualmente está bastante cuidada. Recuerda un poco a la estética de los títulos del estudio Ghibli.

Pero en la entrada de hoy no quiero contaros por qué me ha gustado Viaje a Agartha. Para su película, Makoto Shinkai ha empleado como base numerosas referencias y una de ellas son los mitos clásicos, concretamente el de Orfeo y Eurídice. Nuestro director lo reinterpreta de una manera libre y lo mezcla con otras culturas para entretejer la trama de su cinta. Si no habéis visto Viaje a Agartha, podéis volver al blog cuando lo hayáis hecho: hay spoilers del argumento y no os la quiero arruinar. 🤗 Dicho esto, ¡vamos allá!

De camino al inframundo

Orfeo y Eurídice, de Rubens (1636-1638)

No es la primera vez que os hablo de Orfeo y Eurídice. Ya lo hice el año pasado, en la entrada que le dediqué a La ventana de Orfeo, de Riyoko Ikeda. Si queréis leer una versión más extensa del mito, con fragmentos de autores clásicos traducidos, podéis hacerlo aquí. Ahora voy a contaros un resumen por si es la primera vez que visitáis el blog o queréis refrescar la memoria.

Orfeo, músico y poeta tracio de habilidades excepcionales —era capaz, incluso, de amansar a las fieras más terribles con su lira—, contrajo matrimonio con una dríade de la que estaba profundamente enamorado: Eurídice. Parecía que el futuro les reservaba la felicidad absoluta, pero en realidad no fue así. El mismo día del enlace, Eurídice fue perseguida por Aristeo, un pastor y cazador que la deseaba, y, mientras huía, sufrió la picadura de una serpiente muy venenosa. Nadie pudo hacer nada para salvarla.

La muerte de Orfeo, de Émile Levy
(1866)

Sin embargo, para Orfeo rendirse no era una opción, por lo que decidió emprender un viaje hacia el inframundo y recuperar a Eurídice. En su camino, se encontró con decenas de peligros que logró sortear con ayuda de su música; incluso apaciguó al fiero Cerbero, el perro que guardaba el infierno, y detuvo las torturas de los condenados en el Tártaro. Hades y Perséfone no fueron una excepción: también ellos se sintieron conmovidos y accedieron a devolverle a la muchacha. Sin embargo, Orfeo tenía que cumplir una condición: no debía mirar a Eurídice hasta que salieran a la superficie. La muchacha caminaría detrás de él.

La historia no tiene un final feliz —salvo en las Metamorfosis de Ovidio, en las que el poeta se permite imaginar un reencuentro en el más allá—. Orfeo, abrumado por las dudas, fue incapaz de aguantar: se volvió a mirar a Eurídice y la ninfa tuvo que volver al inframundo. A partir de entonces, el músico vivió sumido en la tristeza más profunda hasta su muerte: fueron unas bacantes tracias las que lo mataron, despedazándolo. Las razones difieren según la versión del mito que consultemos.

Cuando Izanagi descendió a las tinieblas

Izanami e Izanagi, de Kobayashi 
Eitaku (ca. 1885)

En Viaje a Agartha, como os he comentado ya, no solo hay elementos procedentes de la historia de Orfeo y Eurídice, sino también de un mito japonés que tenemos recogido en el Kojiki: el viaje del dios Izanagi a Yomi, el País de las Tinieblas, en busca de su esposa Izanami. Ambos son deidades niponas primigenias, de las primeras que surgieron, y se encargaron, entre otras cosas, de crear el archipiélago de Japón y al linaje de la familia imperial.

Izanami murió tras dar a luz al dios del fuego. Su esposo, no obstante, no se rindió y, al igual que Orfeo, decidió ir al País de las Tinieblas en su busca. Cuando llegó, Izanami le abrió las puertas del palacio que allí se alzaba y le dijo que no podía salir de Yomi, ya que había probado la comida del País de las Tinieblas y eso la ataba a aquel sombrío lugar. De todas formas, decidió consultar a los dioses del inframundo al respecto, así que le indicó a Izanagi que esperara y que no la mirase hasta su regreso. A diferencia del mito de Orfeo y Eurídice, aquí no son los soberanos del inframundo quienes establecen sus condiciones, sino la mujer que va a ser rescatada.

Izanagi fue paciente, pero su esposa tardaba demasiado en volver. Al final, no pudo resistir la tentación de seguirla y rompió su promesa: se adentró en el palacio de Yomi y vio a Izanami…, que se estaba pudriendo. De su cuerpo salían gusanos. Tan horrible fue la visión que el dios salió despavorido, lo que enfureció a Izanami, quien se sintió despreciada. Así, ordenó a las sikome —similares a las furias de la cultura grecolatina— que fueran tras él. Aunque Izanagi intentó librarse de ellas en varias ocasiones, las sikome no cejaron en su empeño, y tampoco las Ocho Deidades de los Truenos y los Mil Quinientos Guerreros del País de las Tinieblas, a los que Izanami azuzó para que lo persiguieran.

Página de un facsímil
del Kojiki

Cuando Izanagi alcanzó el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos, se percató de que todavía no se había librado de sus perseguidores. La solución fue lanzarles tres melocotones, fruta que se utilizaba ya en China para alejar a los malos espíritus, y entonces las criaturas de las tinieblas se rindieron. Pero no Izanami. Para evitar que la diosa lo alcanzara, Izanagi selló la entrada al País de las Tinieblas con una roca que únicamente podía mover la fuerza de mil hombres. Como venganza, Izanami juró que segaría la vida de mil personas cada día. Izanagi, por su parte, afirmó que construiría mil quinientas cabañas de parto diarias para contrarrestar el mal que su esposa imponía a los seres humanos. Y así termina la historia: con un enfrentamiento. Nada que ver con la pena de Orfeo cuando regresó a la superficie sin su esposa.

El dolor por la ausencia

Como hemos visto, en Viaje a Agartha confluyen muchas influencias distintas: no solo la mitología grecolatina y la cultura japonesa, también el mundo del hinduismo con el carro volador shakuna vimana, las teorías esotéricas sobre la Tierra hueca… Todo ello le sirve a Makoto Shinkai para construir una historia sobre lo difícil que resulta lidiar con la ausencia de esos seres queridos que ya no están.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

La historia empieza cuando Asuna capta una extraña melodía a través de su radio. A partir de entonces, su vida cambia por completo. Cierto día, se encuentra con una criatura de pesadilla de la que la salva un chico, Shun, que procede de un mundo llamado Agartha. Poco después, la gente lo encuentra muerto y Asuna, en compañía del profesor Morisaki, decide emprender un viaje a la tierra de la que procedía Shun para traerlo de vuelta, pues, según se dice, en Agartha se cumplen todos los deseos.

En Viaje a Agartha nos encontramos con un doble Orfeo, un doble Izanagi. Por un lado, está Asuna, que decide partir para encontrarse con Shun; por otro, el profesor Morisaki, cuya esposa murió hace tiempo. Ambos han perdido a alguien importante y ansían recuperarlo, aunque de una manera distinta. El viaje de ambos personajes es muy diferente y también lo que están dispuestos a sacrificar para conseguir su objetivo.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

El periplo, igual que el del músico tracio, no es fácil. Son muchos los obstáculos a los que los protagonistas deben hacer frente, desde la organización Arcángel —a la que Morisaki, en principio, pertenece, pero que no duda en abandonar para conseguir sus propios objetivos— hasta las espantosas criaturas que aguardan en Agartha. La primera está formada por un grupo de personas que buscan el conocimiento sobre el inframundo para guiar a la humanidad por el camino correcto. En cuanto a las segundas, los seres que más problemas les causan a Asuna y Morisaki son los izoku, criaturas de la sombra que devoran a quienes encuentran en su camino. Los protagonistas no tienen música como la de Orfeo para hacerles frente, pero sí su propia fuerza interior y la ayuda de otros personajes, como Shin, el hermano de Shun, que acude varias veces en su rescate. Al igual que Cerbero y los demás peligros que Orfeo tuvo que afrontar, pueden ser superados. Por otra parte, su persecución constante recuerda en cierto modo a la de las sikome en el mito de Izanagi, solo que los izoku hostigan a Asuna y Morisaki cuando viajan hacia Finis Terra, la puerta entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y no cuando regresan hacia la superficie. Por otro lado, no forman parte de la venganza de ningún dios: son un mecanismo más que regula la vida y la muerte en Agartha, un mundo intermedio entre la Tierra y el más allá.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

En este sentido, también destacan los soldados de Amaurot, uno de los pueblos de Agartha, que persiguen a Morisaki y Asuna para que les devuelvan la clavis, un instrumento que permite abrir las puertas a su mundo y también acceder a Finis Terra. Al igual que las sikome, persiguen a los protagonistas por unos actos que, según su criterio —el de Izanami en el mito japonés—, están mal: viajar hacia el mundo de los muertos para traerlos de vuelta en el caso de la película, abandonar el inframundo por miedo en lo que respecta a la historia de Izanagi y su esposa. Al igual que con los izoku, la persecución tiene lugar en sentido contrario, cuando los protagonistas están en medio del viaje de ida y no cuando regresan, pero se pueden encontrar ciertas similitudes.

Otro elemento común que tienen los mitos y la película es la intervención de los dioses, si bien su papel en Viaje a Agartha se asemeja más al de Hades y Perséfone. Cuando Morisaki llega por fin a Finis Terra, le pide un deseo a un dios de aspecto bastante peculiar: su cuerpo está completamente cubierto por ojos que vigilan los alrededores —no pude evitar pensar en Argos, el gigante de la mitología griega, que vigiló a Ío, una de las amantes de Zeus, con sus cien ojos—. Es él quien se lo concede y quien le impone también unas condiciones, similares, en cierta manera, a las que tiene que aceptar Orfeo en el mito griego original. Por una parte, para que su esposa regrese necesita un cuerpo que le sirva de recipiente; por otra, Morisaki paga un precio: su vista. Mientras su mujer vuelve a la vida, él se queda ciego. No es la misma «ceguera» a la que se vio sometido Orfeo —al fin y al cabo, él no tuvo que sacrificar sus ojos; simplemente, no debía mirar a Eurídice—, pero al profesor también se le impide ver a su amada.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

¿Y qué decir de los diferentes lagos y mares que Asuna y Morisaki deben atravesar durante su periplo? Primero, el Mar Intersticial, una suerte de laguna en la que se hunden para llegar a Agartha; después, otro lago y un río, por los que navegan en una barca para llegar, por fin, a su destino: Finis Terra. En cierto sentido, esas partes de la película me recordaron a Caronte, el barquero del inframundo que conducía a las almas de los muertos al Hades cruzando el Aqueronte, uno de los ríos del infierno.

Entender la muerte: un nuevo Orfeo

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

Makoto Shinkai tampoco le concede un final feliz a su Orfeo, Morisaki. Pese al deseo de traer de vuelta a su mujer, sus sueños se frustran: el recipiente que necesita es la propia Asuna, su única compañía durante el viaje, pero Shin impide el proceso de «resurrección». Y es que, al fin y al cabo, lo importante son los vivos. Son ellos los que deben tener una oportunidad, no quienes se han marchado definitivamente. Por supuesto, Morisaki intenta que sus planes salgan adelante, aunque no lo consigue. Así termina su descenso a los infiernos: como sucedía en el mito clásico original, Orfeo pierde a Eurídice para siempre.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

Sin embargo, hay una diferencia. Mientras que el músico tracio se sumía en una tristeza increíblemente profunda que lo condujo a su muerte, Morisaki no. Llora su pérdida, por supuesto, pero termina asumiéndola. En la película no se nos muestra mucho más sobre él, pero parece que se queda en Agartha para empezar de nuevo. Y, de esa forma, Makoto Shinkai nos transmite un mensaje sobre la pérdida y el duelo: es inevitable sentir pena por nuestros muertos, pero hay que seguir adelante.

El otro Orfeo de Shinkai, de hecho, se da cuenta antes de que ese es el camino. Asuna descendió a Agartha porque se sentía sola —recordemos que perdió a Shun, tan especial para ella, y también a su padre cuando todavía era una niña—, pero durante su viaje encontró a nuevos compañeros que consiguieron aliviar un poco esa soledad. Por otro lado, en la superficie la espera su madre, y también un futuro prometedor. Aún le quedan muchas cosas que hacer, que vivir, y el duelo no puede convertirse en su rémora.

© Makoto Shinkai 2011/CMMMY - EDV982

Así, Makoto Shinkai nos presenta a un Orfeo diferente que no se queda en su lamento, sino que acepta y sigue adelante de una forma u otra. Es un Orfeo lleno de esperanza que, incluso, puede encontrar una nueva felicidad.

 

Con esto, termino la entrada de hoy. 😊 ¡Espero que os haya gustado! Viaje a Agartha es una película preciosa, tanto por su argumento como por el mimo con el que está animada. Tenía muchas ganas de hablar de ella. Dicho esto, os espero dentro de unos días con una nueva reseña. ¡Hasta entonces! 😊

 

Bibliografía

Como siempre, os dejo por aquí una lista de las referencias que he utilizado para escribir la entrada, por si tenéis interés. 😊 Recordad que podéis pinchar en las imágenes para acceder a su fuente. Los fotogramas de la película proceden de la página web de CoMix Wave Films.

Rubio, Carlos & Tani Moratalla, Rumi (trads.) (20183). Kojiki. Crónicas de antiguos hechos de Japón, Madrid: Trotta (primera ed., 2008).